VIDA Y OBRA

REVOLUCIÓN CUBANA /

ARTÍCULO

RECUPERARSE JAPÓN DE LA TRAGEDIA ATÓMICA

por Ernesto Che Guevara

Tras una pequeña escala en Birmania llegamos a Japón.

El otrora floreciente imperio del sol naciente, constituido por un grupo de islas de naturaleza montañosa y volcánica, con una superficie de 370 mil kilómetros cuadrados, alimenta una población de más de 80 millones de seres humanos.
Aunque decir «alimenta», para este país como para todos los asiáticos que conocimos, resulta optimista. Este gigante industrial alberga en su seno violentas contradicciones sociales, provenientes de la existencia de una antigua clase feudal que asimiló las exigencias de la máquina y adaptó su estructura a esta nueva era manteniendo intacto su privilegio político.
Sus 50 000 hectáreas cultivables son muy inferiores a las 80 000 que hay en Cuba (seis millones de cubanos dependen para su subsistencia de esa cantidad de tierra y en dos tercios de la misma deben producir sus alimentos los ochenta y tantos del Japón).

En esta mísera parcela campeaban por su respeto, hasta la terminación de la segunda guerra mundial, los señores feudales y los descendientes de la casta guerrera de los «samurais» en cuyas armas se basaba el poderío de la clase dominante. La intervención militar norteamericana, encabezada por el general Douglas Mac Arthur, trató de romper el predominio de clase y de casta quitándole su poder sobre la tierra y una reforma agraria de vastísimas proporciones y estricto límite máximo de una hectárea (1/13 caballería), fue dictada por esa intervención. La tierra se pagaba en treinta años con bonos que devengaban un 2,5% anual de interés. Pero la enorme población campesina y la escasez de tierra provocaron una distribución tal de la misma que cada japonés recibía por término medio solo una fracción de hectárea (aproximadamente 1/30 de caballería). Esta ridícula porción obliga al campesino, no solo a sacar el máximo provecho de cada centímetro de tierra cultivable, sino también a emplearse como asalariado en alguna de las grandes industrias japonesas. Pero ya el señor feudal ha desviado sus capitales hacia este moderno sector de la producción y nos encontramos con que el campesino de antaño cambia de ámbito y de trabajo, pero no de amo.

La industria japonesa es verdaderamente gigantesca; sus grandes astilleros, donde grúas monumentales mueven piezas de cincuenta toneladas y obreros diligentes y disciplinados como hormigas trabajan con precisión matemática, se mezclan con otros grandes hormigueros humanos donde niñas laboriosas dejan su vista en la confección de diminutos transistores para las modernas radios, con la misma matemática precisión. Es bueno y aleccionador hacer notar que este país, una de las potencias industriales más poderosas del mundo actual, importa petróleo y mineral de hierro, es decir, dos de los productos fundamentales de la siderurgia, base de la industria pesada. Hay que tener presente que, en el mundo moderno, la voluntad de realización es mucho más importante que la existencia de materias primas; si establecemos, como datos aclaratorios, que una tonelada de carbón norteamericano, transportada por vía marítima, sale más barata en Cuba que en los altos hornos de la misma nación productora, donde debe transportarse por ferrocarril y tomamos en consideración que hay una super producción mundial de petróleo, no vemos razón alguna para que la industria siderúrgica, punto de partida de todo proceso de industrialización serio no se lleve a cabo en nuestro país.

Con ritmo vertiginoso fuimos visitando empresas de acero, fábricas de tractores y locomotoras, fábricas de jeep, ómnibus y vehículos de todas especies, de transistores, de pequeños arados autopropulsados, de abonos químicos, de aviones y helicópteros, de implementos eléctricos en general, de tejidos, de maquinaria textil, etc. Visitamos una pequeña porción de fábricas de una pequeña parte de la isla, nos dimos cuenta de la pujanza industrial del país, pero también salta a la vista la sujeción indiscutible al poder norteamericano. Este país, cuyos antiguos guerreros se abrían el vientre ante la sospecha de un insulto a su honor militar y cuyos nuevos combatientes morían con la sonrisa en los labios, en los aviones suicidas que se estrellaban contra los acorazados norteamericanos, ve hoy cómo su territorio es ocupado por una potencia extranjera que se encarga del resguardo de sus costas y de su soberanía. Al mismo tiempo observa cómo desde su territorio se amenaza a países vecinos con la punta de los proyectiles atómicos; que ese pueblo, que conoce mejor que nadie el trágico poder de las armas nucleares y palpa la capacidad de represalia de la nación a donde irían dirigidas esas armas, inicia cada madrugada sus tareas con la impresión de que cualquier error de apreciación, o alguna intencionada disposición de los ocupantes de su país, puede significar una lluvia de proyectiles atómicos sobre él y provocarle la muerte rápida de la explosión o la lenta de las quemaduras atómicas o enfermedades degenerativas que producen. Impresionante testimonio es el que ciento seis personas hayan muerto este año de enfermedades provocadas por las explosiones ocurridas hace catorce años en Hiroshima y Nagasaki. Visitamos aquella ciudad mártir, reconstruida hoy totalmente; un catafalco de cemento guarnecido por una bóveda del mismo material y teniendo por fondo las ruinas del edificio donde cayó la bomba, constituyen el monumento a los caídos. Setenta y cuatro mil nombres de personas que pudieron ser identificadas es todo lo que contiene el catafalco..., y la ira impotente, la desesperación concentrada, de quienes han visto perecer a tanto ser humano en una inigualada orgía de fuego y muerte.

Anexo a la tumba existe un museo atómico donde se contemplan desgarradoras escenas que alcanzan, no solo a los días oscuros de la guerra, sino también a los del atolón de Bikini, en cuya cercanía explotó una bomba experimental que tocó con sus radiaciones a pescadores japoneses que navegaban en mares cercanos. Todo es nuevo en Hiroshima, reconstruido después de la espantosa explosión, pero señales indelebles de la tragedia flotan sobre la ciudad y en los nuevos edificios, réplicas exactas, muchas veces, de los que anteriormente ocupaban el lugar. Se adivina, sin embargo, una falta de continuidad. Es una sensación difícilmente definible que hace aparecer a la ciudad como la reproducción de algo ya muerto.

Atenazado por la carencia crónica de tierras, el campesino japonés saca de esta su máximo provecho y sus campos se ven utilizados en lugares que despreciarían los más industriosos labradores de nuestro país. Esta misma carencia ha hecho que sea de extraordinaria importancia el abono; mezclando el químico, que producen sus grandes industrias, con el abono natural de animales y también de seres humanos. Hay científicos que opinan que los extraordinarios rendimientos de la tierra y su inagotable fecundidad se deben al uso constante del abono orgánico, pero, además, las técnicas agrícolas son de jardinería. En un país donde la mano de obra es tan barata y abundante, se la utiliza sin remilgos y el arroz, su principal producción agrícola, ocupa en este gran país industrial mucho más mano de obra por unidad de tierra que la utilizada aquí en Cuba.

Otras de las características interesantes es la extraordinaria electrificación, con producciones de trenes eléctricos que brindan un gran confor al viajero. Debido a la carestía y escasez del petróleo y la cantidad de fuerza hidroeléctrica magníficamente aprovechada, el transporte por ferrocarriles de este tipo es de considerable importancia.

A pesar de la cantidad de conversaciones sostenidas con industriales y con el gobierno japonés, no se llegó a ningún tratado, pues hay conflictos entre nuestros países debido a que los tejidos japoneses no tienen libre acceso al mercado cubano con el fin de proteger nuestra industria textilera. Quedaron, sin embargo, sentadas las bases de ese futuro convenio cuyo artículo principal de intercambio sería por nuestra parte el azúcar del cual los japoneses son los segundos compradores de Cuba en orden de importancia. El Japón podría ofrecernos toda la gama de su riqueza industrial tan necesaria en estos momentos de desarrollo.

Muchas valiosas enseñanzas hemos sacado de la visita al país: la posibilidad de industrializar sin necesidad de contar con todas las materias primas en nuestro propio suelo, las posibilidades de la industria pesquera en un país insular, las posibilidades de adaptación a nuestra agricultura de métodos que permitan un mayor empleo en artículos tan fundamentales como el arroz, la práctica de métodos industriales que permitan un aprovechamiento al máximo de la capacidad del hombre; pero hemos visto algunos resultados negativos del régimen social que vive el Japón: la falta de planificación, que lleva a saturar mercados internos y externos de un producto dado, mientras prácticamente no existen; la costumbre de echar sobre los obreros las rebajas en los precios que se hace para competir en el mercado; lo negativo de la lucha despiadada entre compañías rivales que sacrifican a sus intereses los de la nación entera y, por último, aunque más importante que todos, quizás, la demostración de que no hay bien más deseable que la total soberanía nacional y que, cuando esta se pierde, aun los gigantes industriales deben sufrir el vaivén del capricho extranjero.