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LA SECRETA OPERACIÓN PARA IMPRIMIR UN DIARIO

por Rolando Rodríguez

Corría abril o mayo de 1968 cuando a mi oficina como director general del Instituto del Libro, llegó el comandante Manuel Piñeiro, entonces viceministro primero del Interior y me transmitió un mensaje: el Comandante en Jefe Fidel Castro me convocaba a su apartamento de la calle 11.

Al llegar al lugar el Comandante en Jefe en persona me abrió la puerta. Sobre la mesa redonda del comedor había un grueso cuaderno con unas cubiertas de cartulina y una caja de cartón llena de las copias fotostáticas de un manuscrito. El Jefe de la Revolución me refirió entonces el objetivo de su llamada: aquel manojo de folios contenía la transcripción mecanográfica de las copias del diario del comandante Che Guevara en Bolivia. Esa transcripción la había hecho Aleida March.

No tuve tiempo de pensar mucho. Fidel habló: «Vamos a editar el diario. Te llamé para eso, y para que le escribas [es decir, el Instituto] el prólogo». Soy de respuestas lentas. Pero esa vez salté rápidamente y le respondí: «Comandante, el pueblo no lo entendería. El único que puede escribir ese prólogo es usted».

Fidel calló por un momento. Quedó pensativo. «¿Tú crees eso?», dijo por fin. «Sí», reiteré. Entonces me planteó que comenzara a leer la copia del manuscrito, que él haría lo mismo con otra disponible, y se marchó a su habitación.

Se sabía que las autoridades bolivianas hacían negociaciones para vender el diario, y no había que ser vidente para prever que la CIA le introduciría interpolaciones para demeritar al Che. Después, la compañera Celia Sánchez me narraría que había venido un periodista estadounidense, aparentemente amigo, y pedido en nombre de la Editorial Random House los derechos para hacer la edición estadounidense.

Las decisiones esenciales no eran pocas: ¿cómo organizar en medio de un silencio sin quebraduras el proceso editorial e industrial? ¿cuántos ejemplares tirar? ¿en cuál imprenta? ¿cómo disponer el suministro de materias primas, y tenerlas disponibles en su totalidad en el momento de la arrancada? y, sobre todo, ¿cómo garantizar que aquel secreto en el que finalmente participarían cientos de personas no se filtrase?
                                 
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Se estableció que la edición debía rondar el millón de ejemplares (ya el compañero Fidel había decidido que se entregaría gratuitamente); el primer golpe en máquinas rotativas y encuadernación en rústica no debía bajar de 250 000 ejemplares; habría una tirada hecha en máquinas planas con encuadernación en tapas duras de 10 000; luego, se añadirían al proceso otras imprentas hasta completar los 750 000 ejemplares restantes y los libros se pondrían simultáneamente a la distribución en todo el país.

Fidel comenzó a recorrer toda la Isla; creo que daba vueltas a las ideas que diría en el prólogo. A la vez buscaba a los miembros del Buró Político para que leyeran el texto del diario. Estuve con él semanas, desde la toma del Cauto hasta Santiago de Cuba, Camagüey y Santa Clara. A cada regreso a La Habana iba, por mi parte, dando órdenes para organizar la edición: seleccionaba nombre a nombre el grupo editorial que trabajaría en la corrección, mecanografía y diseño del original y hacíamos la lista de los linotipistas, fotomecánicos, impresores y encuadernadores. Solo una persona más sabría para qué se hacía todo aquello. Tuvo que participar en el examen de las fotos que se incluirían para seleccionarlas por su calidad de reproducción en la fotomecánica. Se ordenó fabricar cientos de toneladas de papel que se fueron acumulando dentro de la imprenta. Llegó un momento en que se hacía difícil trabajar dentro de ella. Los trabajadores pensaban que nos habíamos vuelto locos. También se hizo el cronograma «ciego» de la edición: cuatro días después de que Fidel entregara el prólogo, estaría el primer libro de la tirada de 10 000 ejemplares y a los seis comenzaría a aparecer la tirada grande.

Se había emprendido una segunda parte del proyecto: organizar las ediciones del diario en el exterior. Las ediciones que se hicieran no debían separarse mucho del momento de la salida de la cubana. Por suerte, teníamos editores amigos en países estratégicos. Se mandaron a buscar y acudieron a la capital cubana. En La Habana se había comenzado, para adelantar, las traducciones de dos o tres de las lenguas en que aparecería la obra.

Al fin el Comandante en Jefe comenzó a dictarle al compañero Orlando Tamargo, jefe de Versiones Taquigráficas, una introducción necesaria. Entretanto, sin diccionario ni obra de consulta alguna aproveché, junto a Juan Carretero, Ariel, quien había cumplido misión diplomática en Bolivia, para revisar el «mecanuscrito» con vistas a comprobar si los nombres geográficos estaban bien transcriptos o colocaba una nota para aclarar algún término local boliviano. La tarde del sábado 22 de junio, el Comandante en Jefe me entregó la introducción. «¿Cuándo estará el libro?», me preguntó. «El miércoles», respondí. «Que no vaya a tener erratas», añadió él y yo tragué en seco. Nadie sabe lo difícil que resulta editar un libro sin erratas.
                               
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Había llegado el momento de apretar el botón que echaba a andar el mecanismo de la operación. Comencé a llamar al personal editorial y a preguntarle si estaban dispuestos a acompañarme a un viaje por el interior del país durante una semana. Pasaba de la medianoche cuando me avisaron que todos los convocados estaban ya en la casa de la calle 26, en Miramar. Llegué al lugar, y, en eso, apareció el entonces presidente de la República, Osvaldo Dorticós. Junto a este, les pregunté si tenían alguna dificultad para permanecer allí encerrados durante una semana. Todos las compañeras y compañeros presentes, en general muy jóvenes, se percataron de que entre las paredes de aquella casa podía estarse gestando una tarea trascendente. Para decirlo en buen criollo, allí nadie se rajó. Entonces, les referí de lo que se trataba.

Todavía es posible evocar la emoción con que recibieron la noticia. Trabajaron en los originales con entrega, durante toda la madrugada y la mañana del domingo. Incluso, obraron con tanta rapidez que el texto entró en la imprenta el lunes ya con todo el diseño interior marcado. Entretanto, se preparaba la cubierta del libro. No tenía discusión: debía estar basada en la foto emblemática de Korda. Al preparar los originales para los editores extranjeros, había tomado la decisión de pedirles que en el diseño de las cubiertas se empleara la misma foto que en la edición cubana. En medio de la faena, el compañero Fidel había aparecido en la casa de la calle 26. Para ser honrados, hay que decir que los correctores solo pudieron discutirle dos comas a su prólogo y él las aceptó.

Fue tal la pasión en el empeño de que el libro saliera sin erratas, que es el único al que se le ha revisado el texto no solo en galeras, planas y cromos, sino también en negativos y planchas. Por esta causa hubo que volver a cambiar algún negativo. Con todo, en la primera impresión se fueron tres indeseables gazapos que se detectaron cuando se volvieron a someter a escrutinio los pliegos a medida que se imprimían. Por eso, en la edición pequeña hay tres erratas que en las otras no están. A todas estas, habíamos incomunicado la imprenta, y permanecían en la puerta guardias armados. Se habían llevado literas para el descanso de los trabajadores y la comida se traía de un restaurante. Con la excepción de tres personas del Instituto, que podían salir –una de ellas yo mismo– allí se entraba, pero no se salía.

Ante la situación corrimos la «bola» de que estábamos haciendo unas planillas del Ministerio de las Fuerzas Armadas Revolucionarias. Solo cometimos un error. En la cubierta de la edición iría la firma del Che. Pedimos a los archivos de la Comisión de Orientación Revolucionaria una copia de la firma característica del Comandante Guevara. Curiosamente, un trabajador del archivo comentó que ya sabía qué estábamos haciendo: «Están imprimiendo el diario el Che». Nunca he podido imaginar de dónde sacó tanta agudeza. Inmediatamente, vinieron a verme los compañeros del Ministerio del Interior que trabajaban en la tarea y me preguntaron si lo iban a buscar para que entrara en la imprenta, y quedara allí encerrado hasta la salida de la edición. Pero ya faltaban horas para dar la noticia y dije que no era necesario.

El miércoles nos acercábamos al momento culminante. La imprenta Osvaldo Sánchez, totalmente iluminada, con todas sus máquinas en funcionamiento, trepidaba como pocas veces. Esa noche por fin hubo libro.

Se hizo una programación rigurosa según la cual, a partir del viernes, la Isla se iría cubriendo sucesivamente con ejemplares del diario, desde los puntos más alejados a los más próximos. Las últimas librerías que los recibirían serían las de la capital. A estas irían los 30 000 o 35 000 ejemplares que se terminarían la madrugada del 1ro. de julio. Los puntos que inicialmente recibirían los ejemplares serían, desde luego, Baracoa y la Sierra Maestra. En los vehículos empleados iban custodiando los paquetes guardias armados. Nadie podía tocarlos hasta llegar a su destino.

El sábado, en Granma, se redactó la noticia de la aparición del libro. Estaban allí Celia Sánchez y Piñeiro. Fidel llamó y se le leyó el texto. Ese sábado, cuando ya circulaba el periódico, comenzaron a salir los correos para distintos puntos del planeta con su carga de manuscritos y la reproducción de la foto del Che. Ahora les tocaba su turno a los editores extranjeros. No pasó más de una semana y comenzaron a aparecer los ejemplares de las editoriales amigas.

A la hora en punto, en toda Cuba comenzó la distribución. Durante las semanas siguientes continuaron imprimiéndose ejemplares en otros talleres del Instituto del Libro. El cálculo de ejemplares fue cabal: solo al aproximarnos al millón se sintió calmar la demanda.

 

Tomado de www.granma.cu