VIDA Y OBRA

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APUNTE DE VIAJE

LA CIUDAD DE LOS VIRREYES

por Ernesto Guevara de la Serna

Estábamos en el final de una de las más importantes etapas del viaje, sin un centavo, sin mayores perspectivas de conseguirlo a corto plazo, pero contentos.

Lima es una bonita ciudad que ya enterró sus pasados coloniales (por lo menos después de ver el Cuzco) tras casas nuevas.

No justifica su fama de ciudad preciosa, pero los barrios residenciales son muy buenos, circundados de amplias avenidas, y los balnearios cercanos al mar son sumamente agradables. De la ciudad al puerto de Callao se va por varias arterias anchas que transportan a los limeños en pocos minutos hasta el puerto. Este no tiene ningún atractivo especial (esa estandarización completa que tienen los puertos de ultramar), salvo el fuerte, escenario de tantas acciones guerreras. Junto a sus enormes muros nos asombramos de aquella hazaña extraordinaria de lord Cochrane cuando a la cabeza de sus marineros sudamericanos asaltó y tomó el bastión, en uno de los episodios más radiantes de la gesta libertadora. 

La parte de Lima que tiene valor anecdótico está en el centro de la ciudad y rodea a su magnífica catedral, tan diferente a esa mole pesada del Cuzco, donde los conquistadores plasmaron el sentido toscamente monumental de su propia grandeza. Aquí el arte se ha estilizado, casi diría afeminado algo; sus torres son altas, esbeltas, casi las más esbeltas de las catedrales de la colonia; la suntuosidad ha dejado el trabajo maravilloso de las tallas cuzqueñas para tomar el camino del oro; sus naves son claras, en contraste con aquellas hostiles cuevas de la ciudad incaica; sus cuadros son claros, casi jocundos y de escuelas posteriores a la de los mestizos herméticos que pintaron los santos con furia encadenada y oscura. Todas las iglesias muestran la gama completa del churrigueresco en sus fachadas y altares que destilan oro. Esa grandeza monetaria hizo a sus marqueses resistir hasta el último momento la liberación de los ejércitos americanos; Lima es la representante completa de un Perú que no ha salido de estado feudal de la colonia: todavía espera la sangre de una verdadera revolución emancipadora. 

Pero hay un rincón de la ciudad señorial que era para nosotros el más querido y adonde fuimos frecuentemente a rememorar la impresión de Machu Picchu: el museo arqueológico, creación de un sabio de pura estirpe indígena, Don Julio Tello, que encierra en su interior colecciones de un valor extraordinario. Culturas enteras están sintetizadas.