VIDA Y OBRA

FORMACIÓN /

APUNTE DE VIAJE

LA PODEROSA TERMINA SU GIRA

por Ernesto Guevara de la Serna

Temprano nos pusimos sobre la moto hasta ponerla “al pelo” y huimos de parajes que ya no estaban tan hospitalarios para nosotros, después de aceptar la última invitación a almorzar que la familia que estaba al lado del taller nos hiciera.

Alberto, por cábala, no quiso manejar, de modo que salí yo adelante y así recorrimos unos pocos kilómetros para detenernos al fin a arreglar la caja de velocidades que fallaba. Poco más lejos, al frenar en una curva algo cerrada, yendo a bastante velocidad, saltó la mariposa del freno trasero; apareció en la curva la cabeza de una vaca y luego un montón más; me prendí del freno de mano y este, soldado “a la que te criaste”, se rompió también; por unos momentos no vi nada más que formaciones semejantes a vacunos que pasaban velozmente por todos lados, mientras la pobre Poderosa aumentaba su velocidad impulsada por la fuerte pendiente. La pata de la última vaca fue todo lo que tocamos —por un verdadero milagro— y de pronto, apareció a lo lejos un río que parecía atraernos con una eficacia aterradora. Largué la moto contra el costado del camino y subió los dos metros de desnivel en un santiamén, quedando incrustada entre dos piedras y nosotros ilesos.

Siempre amparados por la carta de recomendación de la “prensa” fuimos alojados por unos alemanes que nos trataron en forma cordialísima. A la noche me dio un cólico que no sabía cómo parar; tenía vergüenza de dejar un recuerdo en la taza de noche, de modo que me asomé a la ventana y entregué al espacio y la negrura todo mi dolor... A la mañana siguiente me asomé para ver el efecto y me encontré con que dos metros abajo había una gran plancha de zinc donde se secaban los duraznos al sol: el espectáculo agregado era impresionante. Volamos de allí.

Aunque el accidente, en un primer momento, parecía no tener importancia, se demostraba ahora nuestro error de apreciación. La moto hacía una serie de cosas raras cada vez que debía afrontar una cuesta. Por fin, iniciamos la trepada de la de Malleco, donde está un puente de ferrocarril que los chilenos consideran el más alto de América; allí plantó bandera la moto y perdimos todo el día esperando un alma caritativa, en forma de camión, que nos llevara hasta la cumbre. Dormimos en el pueblo de Cullipulli (luego de logrado nuestro objetivo) y partimos temprano esperando la catástrofe que se adivinaba ya.

En la primera cuesta brava —de las muchas que por ese camino abundan— quedó la Poderosa definitivamente anclada. De allí nos llevaron en camión a Los Ángeles, donde la dejamos en el cuartel de bomberos y dormimos en casa de un alférez del ejército chileno que parecía estar muy agradecido del recibimiento que en nuestra tierra le habían hecho y no hacía más que agasajarnos.

Fue nuestro último día de “mangueros motorizados”, lo siguiente apuntaba como más difícil: ser “mangueros no motorizados”.