VIDA Y OBRA

REVOLUCIÓN CUBANA /

ARTÍCULO

LA INDIA: PAÍS DE GRANDES CONTRASTES

por Ernesto Che Guevara

Del Cairo volamos directamente a la India, país de 390 millones de habitantes con una superficie de más de 3 millones de kilómetros cuadrados.

El drama de la tierra no se siente tanto como en Egipto, pues las condiciones del suelo son muy superiores a las de aquel desértico país, pero la injusticia social ha determinado una distribución arbitraria de la tierra donde unos pocos tienen mucho y unos muchos no tienen nada.

La India fue «colonizada» por Inglaterra entre fines del siglo XVIII y principio del XIX. No sucedió esto sin grandes luchas por la independencia, pero la efectividad militar de los ingleses fue decisiva. La floreciente industria artesanal sufrió los impactos de una estructura colonial interesada en destruir la independencia económica y hacer de los indios eternos deudores del imperio. En esas condiciones transcurrió todo el siglo XIX y parte del actual, convulsionado el país esporádicamente por rebeliones, ahogadas en la sangre inocente del pueblo.

El poder colonial inglés salió de la última gran guerra con indicios claros de desintegración y la India, conducida su resistencia pasiva por la figura mística del Mahatma Gandhi, lograba al fin su ansiada independencia.

A la muerte de Gandhi, Nehru debió tomar sobre sus hombros la responsabilidad de la carga pública. Tomó un país con su espíritu enfermo por infinitos años de dominación y con una economía destinada a abastecer a bajo precio el mercado de la metrópoli londinense. Había que distribuir la tierra e industrializar el país, como bases elementales para su desarrollo económico futuro. A esa tarea se dedicaron con ejemplar entusiasmo los dirigentes del Partido del Congreso.

Ese país enorme y extraño tiene una serie de instituciones y costumbres que no responden a ninguno de los conceptos que nosotros nos formamos de los problemas sociales de la hora en que vivimos. Tenemos el mismo esquema político-económico, el mismo pasado de oprobio y colonización, la misma dirección de nuestra línea de progreso; sin embargo, las soluciones —muy parecidas y que siguen un mismo objetivo— difieren como el día y la noche; mientras el huracán de la reforma agraria barre de un plumazo los latifundios camagüeyanos y avanza inflexible sobre todo el país, entregando tierras gratuitamente a los campesinos, la gran nación india, con paso cauteloso y parsimonia oriental, convence a los grandes terratenientes de la justicia de dar la tierra a quien la trabaja y al campesino de pagar un precio por esa tierra, haciendo casi insensible el tránsito de la miseria a la pobreza de una de las masas más nobles, sensibles y depauperadas de toda la humanidad.

Visitamos una cooperativa agrícola en una zona cercana a la capital, Nueva Delhi. Después de unos cuarenta kilómetros de recorrido por áridos paisajes, en los que el verde y el árbol brillaban por su ausencia, mientras reses y búfalos mostraban su presencia casi única en la planicie, llegamos a un pequeño caserío de paredes de barro y pobreza desesperante. La escuela, orgullo de la cooperativa, se basaba en el esfuerzo extraordinario de dos maestros que atendían las cinco clases en que está dividida. Niños macilentos con frecuentes huellas de enfermedades en la vista escuchaban, de cuclillas en el suelo, las explicaciones del profesor.

El gran adelanto era la inauguración de dos pozos de agua con brocal de cemento para el aprovechamiento colectivo, pero había otras innovaciones de extraordinaria importancia social que da idea de la pobreza reinante: los técnicos de la reforma agraria están enseñando al campesino hindú a cambiar su habitual combustible  consistente en boñiga de vaca por la luz brillante. Pequeño, casi divertido cambio, que permite sin embargo liberar para abono las enormes cantidades de excremento vacuno seco utilizados como un mal combustible. Con amorosa solicitud, niños y mujeres amasan el excremento vacuno poniéndolo a secar al sol y formando luego   enormes pirámides de varios metros de alto, parecidas a los nidos de las bibijaguas. Gracias a los esfuerzos del gobierno indio, podrán contar ahora con sus pequeños hornos de luz brillante y fertilizar sus tierras con ese importante producto. Se comprende que la res fuera el animal sagrado de los antiguos: trabajaba en el campo, daba leche y hasta sus desperdicios tenían la enorme importancia de suplir combustibles naturales que aquí no existen; se explica, pues, que los preceptos de su religión impidieran al campesino matar este precioso animal y, para ello, el único remedio era considerarlo sagrado; hacer que un motivo tan determinante como el religioso impusiera el respeto al más eficaz elemento de producción con que contaba la comunidad. Los años, no obstante, fueron pasando hasta convertirse en siglos, y, ahora, en la época del arado mecánico y de los combustibles líquidos, se sigue adorando al animal sagrado con el mismo fervor y este se reproduce libremente sin que apenas algún sacrílego se atreva a comer carnes. Ciento ochenta millones de reses tiene la India, casi 100 millones más que Estados Unidos, segundo productor del mundo, y los gobernantes hindúes se ven abocados al terrible problema de hacer que un pueblo, religioso y obediente a los mandatos culturales, cese en su veneración al animal sagrado.

En Calcuta, primera ciudad de la India, 6 millones de seres humanos viven hacinados con increíble número de vacas que pululan por las calles, interrumpiendo el tránsito cada vez que se les ocurre echarse en el medio de la vía.

Vimos en esta ciudad una muestra de la extraña complejidad del panorama de la India; junto a la más absurda miseria, las manifestaciones de un desarrollo industrial que llega a la creación de productos de la industria pesada que nosotros tardaremos mucho en producir, como locomotoras, por ejemplo; y las manifestaciones de un desarrollo técnico en todas las ramas de las investigaciones que hacen ser considerados a los científicos indios en todas partes del mundo.

Tuvimos oportunidad de conocer al sabio Krishma, uno de los físicos connotados del mundo actual, quien con la sencillez y humildad características de su pueblo, conversó con nosotros un largo rato, recalcando la necesidad de emplear toda la fuerza y capacidad técnica del mundo en el aprovechamiento pacífico de la energía nuclear y condenando la absurda política de quiénes se dedican a almacenar armas de hidrógeno como argumento de discusión internacional. En la India, la palabra guerra está tan lejana del espíritu del pueblo que ni siquiera recurrieron a ella en los momentos tensos de su lucha por la independencia. Las grandes manifestaciones de descontento pacífico colectivo obligaron al colonialismo inglés a dejar para siempre las tierras que asolaron durante ciento cincuenta años.

Es interesante señalar que en este país de contrastes, donde se une a la miseria el más alto refinamiento de la vida civilizada y la cumbre de los conocimientos técnicos, la mujer ocupa un lugar preponderante en las relaciones sociales y aun en la política. La grácil y dulce mujer india tiene cargos como el de presidente del congreso o el de viceministro de Relaciones Exteriores, para no citar sino algunos ejemplos.

En el curso de nuestra visita nos entrevistamos con todos los altos personajes de la vida política hindú. Nehru nos recibió con la amable familiaridad de un abuelo patriarcal pero con noble interés por los desvelos y luchas del pueblo cubano, haciéndonos recomendaciones de extraordinario valor y dándonos muestras de una simpatía incondicional hacia nuestra causa. Lo mismo podría decirse de Krishma Menon, ministro de Defensa y jefe de la delegación ante las Naciones Unidas, quien nos reunió con todos los altos jefes militares para cambiar impresiones sobre los problemas de nuestras patrias respectivas.

Con el ministro de Comercio sostuvimos una cordial entrevista, preparando el terreno para una futura negociación comercial que puede ser de gran envergadura. Entre los productos que podríamos suministrar se destacan el cobre, el cacao, las fibras de rayón para neumáticos y quizás en un futuro cercano, nuestro azúcar; ellos nos pueden vender carbón, algodón, tejidos, artículos de yute, aceites comestibles, nueces, películas, material ferroviario y aviones para entrenamiento. Pero no acaba aquí la lista; la experiencia enseña que dos países en proceso de industrialización podrán ir aumentando, a medida que esta avance, el intercambio de sus productos elaborados. A medida que se aumente el nivel de los trescientos ochenta millones de indios, crecerán sus necesidades de nuestro azúcar y podremos adquirir un nuevo y valioso mercado.

De nuestra visita sacamos muchas enseñanzas provechosas, pero la más importante es la demostración de que la base del desarrollo económico de un pueblo está condicionada por la tecnificación del mismo y que hay que crear institutos de investigación científica, primordialmente en los ramos de la medicina, la química, la física y la agricultura. Todos estos organismos técnicos y la información general del estado deben ser coordinados y dirigidos por un centro nacional de estadísticas, en las cuales los indios son maestros.

Cuando nos retirábamos de la cooperativa cuyas características he descrito algo más arriba, los niños nos despidieron con una letanía cuya traducción era: «Cuba y la India son hermanos». Efectivamente, Cuba y la India son hermanos, como deben serlo todos los pueblos del mundo en esta hora de desintegración nuclear y cohetes interplanetarios.