VIDA Y OBRA

FORMACIÓN /

APUNTE DE VIAJE

EL SOLAR DEL VENCEDOR

por Ernesto Guevara de la Serna

La que fuera fastuosa capital del imperio incaico —por simple fuerza de inercia—, conservó durante años su brillo. Eran nuevos hombres los que ostentaban sus riquezas, pero estas eran las mismas y durante un tiempo no sólo se mantuvieron sino que se acrecentaron con el producto de las minas de oro y plata que convergían a la región, sólo que ahora ya no era Cuzco el ombligo del mundo sino un punto cualquiera de su periferia y los tesoros emigraban a la nueva metrópoli de allende el mar para alimentar el fasto de otra corte imperial; los indios no trabajaban la tierra yerma con el empeño de antes y los conquistadores no venían a quedar adheridos a ella luchando fatigosamente por el sustento diario sino a conquistar una fácil fortuna en empresas heroicas o de simple rapiña. Poco a poco el Cuzco languideció y fue quedando al margen, perdido entre las cordilleras mientras su nueva rival, Lima, con el producto del tajo que los intermediarios hacían a los dineros emigrados emergía en la costa del Pacífico. Sin que ningún cataclismo marcara su transición, la brillante capital Inca pasó a ser lo que hoy es, una reliquia de tiempos idos. Recién ahora, alguna que otra construcción moderna se alza para desentonar en el conjunto edilicio, pero todos los monumentos del esplendor colonial se mantienen intactos. 

La catedral está emplazada en el centro mismo de la ciudad con la típica reciedumbre de la época que la asemeja a una fortaleza más que a un templo. En su interior brilla el oropel que es el reflejo de su pasada grandeza; los grandes cuadros que reposan en las paredes laterales, sin un valor artístico acorde con las riquezas que encierra el recinto, no desentonan, sin embargo, y un San Cristóbal saliendo del agua tiene, a mi entender, bastante categoría. El terremoto ha posado también allí su furor y los cuadros están con los marcos rotos y ellos mismos ajados y arrugados. Es curioso el efecto que hacen los dorados marcos y las puertas, también doradas, de los adoratorios, desgonzados, sacados de su sitio como mostrando las pústulas de la vejez. El oro no tiene esa suave dignidad de la plata que al envejecer adquiere encantos nuevos, hasta parece una vieja pintarrajeada la decoración lateral de la catedral. Donde adquiere verdadera categoría artística la catedral es en el coro hecho todo de madera tallada por artífices indios o mestizos que mezclan el espíritu de la iglesia católica con el alma enigmática de los pobladores del Ande en el cedro en que está hecha la representación del santoral católico.

Una de las joyas de Cuzco, merecidamente visitada por todos los turistas, es el púlpito de la basílica de San Blas, que no tiene otra cosa que esta, pero sobrada para extasiarse un rato ante la fina talla que muestra, como en el coro de la catedral, la fusión del espíritu de dos razas antagónicas pero casi complementarias. Toda la ciudad es un muestrario inmenso: las iglesias, por supuesto, pero hasta cada casa, cada balcón asomado en una calle cualquiera, es un instrumento de evocación de un tiempo ido.

Claro que no todas tienen el mismo valor. Pero en este momento, tan lejos de allí, con notas sintéticas y desteñidas ante mi vista, no podría decir qué me impresionó más. Entre el magma de iglesias visitadas recuerdo la imagen lastimera de la capilla de Belén, que con sus dos campanarios abatidos por el terremoto parece un animal descuartizado sobre la colina en que está emplazada.

Pero, en realidad, realizando un análisis cuidadoso, las obras artísticas capaces de resistirlo son muy pocas; en Cuzco no hay que ir a mirar tal o cual obra de arte: ella entera es la que da la impresión sosegada, aunque a veces un poco inquietante, de una civilización que ha muerto.