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EL CHE: UNA CULTURA DE LIBERACIÓN

por Armando Hart Dávalos

Desde los históricos acontecimientos en Quebrada del Yuro, el comandante Che Guevara se convirtió en un mito de la justicia universal entre los hombres y de la solidaridad entre los pueblos. Lejos de extinguirse con los años, crece y crecerá más aún hacia el futuro.

Haber gozado de su entrañable amistad es un honor al que no se renuncia sin caer en la ignominia. Para cumplir cabalmente con el deber de serle fiel nos planteamos como exigencia científica y cultural descubrir las raíces sociales y económicas del paradigma que representa. Así podremos encontrar los nuevos caminos del socialismo.

Esto sólo puede comprenderse a partir de un concepto integral y universal de cultura. Ella conforma el proceder revolucionario del autor de La guerra de guerrillas. Y se trata de una cultura de liberación. Se subestima el valor de la cultura cuando se aborda como exclusiva labor intelectual ajena a las exigencias de la práctica, o se le enfoca al modo relajante y superficial que paraliza la acción y distrae todo empeño de rigor. Disminuye su alcance y riqueza si se la identifica exclusivamente con propósitos de conciliación. La de liberación no es conciliadora. Promueve la búsqueda democrática del equilibrio. Equilibrar no es conciliar. Martí señaló que la aspiración al equilibrio normaba todos los actos de su vida, y preparó y desató en las específicas condiciones de Cuba de finales del pasado siglo la guerra «necesaria, humanitaria y breve» iniciada en 1895. El concepto martiano de la guerra de independencia de Cuba tiene un basamento cultural.

En el trasfondo del quehacer de Guevara está la cultura latinoamericana que estimula y orienta hacia la acción emancipadora de nuestros pueblos, y a forjar «la República moral en América» marcada por el móvil ideológico de la utopía universal del hombre. Si a la América del Norte el pensamiento pragmático le ha impedido arribar a una idea tan abarcadora de la cultura, en la del Sur del Río Grande germinan como aspiración la integración y la síntesis universal de los valores culturales. La cúspide de este pensar está en José Martí.

Las formas de acción escogidas por el Che para la realización de este ideal son, obviamente, muy diferentes de las que debemos adoptar hoy, pero la esencia de su pensamiento tiene vigencia creciente. Su pensar y su actuar revolucionarios se movieron en dos planos interrelacionados: el de la gesta liberadora de la América Latina y el Tercer Mundo todo, y el de sus empeños como constructor de una sociedad socialista.

Emociona recordar que el entonces Senador y luego Presidente Salvador Allende se trasladó desde Santiago de Chile a la frontera con Bolivia para recoger a los últimos combatientes internacionalistas que tuvieron que salir de ese país tras la tragedia. Cualesquiera que fueran los caminos entrecruzados del futuro, las semillas del Che y del Presidente mártir estarán presentes en los sucesos de la historia de América.

La lección principal y dolorosamente adquirida en estos años se halla en que la disyuntiva no era entre caminos pacíficos o violentos. El asunto es más sutil. Allende y el Che son dos símbolos superiores de esta sutileza. El entrecruzamiento de sus concepciones de lucha es la enseñanza más importante que estos dos hombres dejaron para la historia americana. El futuro dirá cómo se produce esta articulación, y ha de ser desde luego infinitamente complejo, y adecuado a cada situación particular; pero en los dos símbolos se expresa una voluntad de transformación social en América que ésta objetivamente necesita. En las formas complejas que se presenten en la vida, el enlace de las concepciones de lucha que tuvieron el Presidente mártir y el Guerrillero Heroico revela una síntesis política a la que nuestra América no puede renunciar. Las dos imágenes muestran lo más alto del espíritu ético de la cultura política de América en la segunda mitad del siglo XX.

Apreciemos ahora el segundo plano del pensar del Che.

En la década de los 60 no se escucharon sus advertencias por quienes estaban obligados a hacerlo, no se oyeron los consejos de Fidel, expresados en su discurso ante los dramáticos sucesos de Checoslovaquia en 1968. Dijo entonces nuestro Comandante que algo había andado mal en el socialismo cuando ocurrieron aquellas cosas. El socialismo europeo se había hecho tan «real» que acabó perdiendo, en los años 80 y principios de los 90, toda realidad.

Debemos estudiar el sentido más radical de las ideas que se revelan en la Segunda Declaración de La Habana, en El socialismo y el hombre en Cuba y en el Mensaje a la Tricontinental de 1966.

Precisamente en la idea del Che acerca del papel central que desempeñan los factores éticos y morales en la historia, y en la búsqueda que emprendió con respecto a caminos eficaces hacia la sociedad socialista, están claves esenciales para entender los dramáticos procesos ocurridos en la Europa del Este y en la URSS.

La insuficiencia o limitación cultural, y especialmente ética, impidieron al «socialismo real» cohesionar a los pueblos en lo interno y combatir eficazmente en lo externo a los enemigos irreconciliables de la liberación humana.

Un gran déficit de la edad moderna, cuyo punto más elevado está en el pensamiento socialista, se encuentra en el hecho de que no reconoció en todas sus consecuencias que la vida espiritual del hombre se halla en el sistema nervioso central de las civilizaciones.

Mientras no se aborde con rigor científico el tema de la ética, y en general de la superestructura y, por tanto, de la cultura, no se hallarán las vías eficaces para marchar hacia adelante en favor de la Revolución y el Socialismo. Para alcanzar una política eficaz en defensa de los explotados hay que descifrar, en primer lugar, el tema de la moral y su papel en la lucha revolucionaria.

El comandante Ernesto Che Guevara es una señal de las mejores tradiciones éticas del siglo XX, y se proyecta con esa luz hacia la próxima centuria. Fue el primero que habló de la necesidad de forjar al hombre del siglo XXI. Hoy, cuando este siglo se aproxima, nos percatamos de que arribamos a él en medio de la más profunda crisis ética de la historia de la civilización occidental. Desde los tiempos de la caída del Imperio Romano no se observaba una situación similar.

La evolución ulterior de la historia podría conducir a mediano y largo plazo a un colapso de proporciones incalculables si no se toma conciencia y no se actúa sobre presupuestos de una política basada en una cultura ética profundamente humanista.

Mucho se ha hablado de forma retórica y superficial acerca del humanismo. Sin embargo, la civilización podría sucumbir en sus propias redes si no retoma y asume la herencia espiritual de quienes a lo largo de los siglos poseyeron sensibilidad, imaginación y talento para soñar, es decir, si no se exalta y afianza el espíritu que alentó a los grandes creadores desde Prometeo hasta Ernesto Che Guevara.

El reto de estos años finiseculares está en demostrar con una síntesis de cultura universal el valor científico de la moral y de los móviles ideales en el curso real de la historia humana. Y es precisamente esa síntesis lo que se halla en la esencia de la vida y el ejemplo del Guerrillero Heroico. Sus ideas éticas fueron tildadas de idealismo filosófico y de subjetivismo por quienes, situados en la superficie de la realidad, no acertaron a penetrar en sus esencias. No pudieron, no quisieron, no les interesó entender que, como señalaba Hegel, tan real era la monarquía francesa del siglo XVIII como la Revolución que se gestaba entonces. Tampoco pudieron comprender (ni mucho menos extraer consecuencias de ella) la afirmación martiana de que en política lo real es lo que no se ve, porque no fueron capaces de sentir con una cosmovisión universal lo que sí asumió nuestro Apóstol cuando echó su suerte con los pobres de la tierra.

No se trata para mí de escribir o narrar lo ocurrido, ello es oficio de historiadores, sino de reflexionar sobre las enseñanzas del derrumbe a partir de las esencias presentes y vivas en el Che, que son las de Fidel y la Revolución Cubana. Ésta es la lección que debemos extraer.

La Revolución Cubana triunfante en enero de 1959 significó la unidad del pensamiento materialista dialéctico y el más profundo sentido del humanismo en nuestra América. La síntesis que el Che representa nos puede conducir a conclusiones certeras en los más diversos campos de la filosofía, la cultura y la acción revolucionaria.

El comandante Guevara, al asumir los valores espirituales de nuestra América y elevarlos con su talento, heroicidad y decisión al plano más alto, se convirtió en uno de los símbolos éticos más elevados de la historia de las civilizaciones.

El Che y mi generación revolucionaria asimilaron las verdades que paso a paso fueron descubriendo los hombres y que culminaron con la exaltación de la razón y la inteligencia humana. Asimismo conservaron y desarrollaron el sentido de la lucha y la esperanza en un mundo más justo que permanecía viva en la tradición espiritual de nuestra América. De igual forma, encontraron un método de investigación y una guía para la acción liberadora en Marx, Engels y Lenin.

El Che Guevara aprendió el marxismo-leninismo de modo autodidacta y en medio del combate político y social, que es la única forma de asimilarlo radicalmente. Apoyado en su ética personal y en su apasionada solidaridad humana, expresa ante nuestros ojos la aspiración de encontrar los nexos entre ciencia y conciencia que pueden hallarse en la articulación del pensamiento revolucionario de Europa y de América y el ideal tercermundista de Ho Chi Min.

En las tradiciones latinoamericanas no se presentó el antagonismo entre la ética y los principios y métodos científicos. El Che dejó huellas imperecederas en el pensamiento político y social universal de la segunda mitad del siglo XX. En tanto pensador, exaltó la necesidad del rigor científico en el análisis de los hechos políticos, sociales, económicos e históricos. En tanto hombre de ética, destacó la necesidad de enseñar con su propio ejemplo, y forjarse a sí mismo un carácter y un temperamento para encarar con valor a sus enemigos. Por eso, en sus horas finales, cuando se vio sin ningún recurso de defensa frente a sus captores, lanzó su última orden de combate: ¡Disparen, que van a matar a un hombre!

No hay ningún reproche científico al subrayar que en las entrañas de su ejemplo se gesta el espectro victorioso de sus ideas. No ha terminado la prehistoria. Está por comenzar la historia.