VIDA Y OBRA

REVOLUCIÓN CUBANA /

DISCURSO

“LA TRASCENDENCIA DE NUESTRA REVOLUCIÓN”

por Ernesto Che Guevara

Fragmentos del discurso en el Encuentro Nacional Azucarero, en Santa Clara, el 28 de marzo de 1961.

(…) Nosotros, y es lo que debemos recalcar en cada momento, estamos en guerra, una guerra fría, como la llaman; una guerra donde no hay línea de frente, donde no hay bombardeos continuos, pero donde los dos adversarios, este diminuto campeón del Caribe y la inmensa hiena imperialista, están frente a frente, y saben que uno de los dos va a morir en la pelea. (Aplausos y gritos de: «Venceremos», «Venceremos».)

Los norteamericanos saben, lo saben bien compañeros, que la victoria de la Revolución cubana no será una derrota simple del imperio, no será un eslabón más de la larga cadena de derrotas que han venido arrastrando en los últimos años en su política de fuerza y de opresión a los pueblos; la victoria de la Revolución cubana será la demostración palpable ante América de que se pueden erguir los pueblos, y que pueden levantar su independencia en las mismas garras del monstruo; significará el principio del fin de la dominación colonial en América, que es como decir el principio del fin definitivo del imperialismo norteamericano. (Aplausos.)

Por eso no se resignan, por eso es que la lucha es a muerte, por eso es que no podemos dar un solo paso para atrás, porque el primer paso que retrocedamos significa para nosotros también una larga cadena, a donde van a desembocar todos los gobernantes traidores y todos los pueblos que, en un momento dado, no son capaces de resistir el impulso del imperio.

Por eso nosotros debemos ir hacia adelante, golpeando incansablemente al imperialismo; tenemos que recoger del mundo entero las lecciones que nos da, tenemos que convertir el asesinato de Lumumba en un ejemplo. (Aplausos.)

El asesinato de Patricio Lumumba es el ejemplo de lo que hace el imperio cuando la lucha contra él se lleva sostenida y firmemente. Al imperialismo hay que darle en el hocico una vez, y otra vez, y otra vez más, y en una sucesión infinita de golpes y contragolpes; es la única forma en que el pueblo puede adquirir su real independencia.

Nunca un paso atrás, nunca un momento de debilidad, y cada vez que las circunstancias presentes nos hagan pensar en que podría ser mejor la situación si no estuviéramos luchando contra el imperio, que cada uno de nosotros piense en el pasado, que cada uno de nosotros piense en la larga cadena de torturas y de muerte que arrastró el pueblo cubano para poder realizar su independencia; que todos piensen en los despidos, en los desalojos campesinos, en el asesinato de los obreros, en las huelgas destruidas por la policía, en todas aquellas manifestaciones de la opresión de una clase que ha desaparecido totalmente de Cuba. Que lo recordemos todos en cada momento, y que al recordarlo hagamos más fuerte nuestra decisión de vencer y de ir hacia adelante.

Y, además, que entendamos bien cómo se vence; porque se vence, sí, preparando las condiciones del pueblo, aumentando la conciencia revolucionaria, estableciendo la unidad, poniendo los fusiles por delante de cualquier intento de agresión. Así se vence.

Pero, además, en una guerra larga, torva y a muerte como ésta, se vence poniendo todos los días el hombro en el trabajo, mejorando la forma de trabajo, produciendo más, supliendo la carencia a que nos obliga el enemigo, con nuevos intentos del pueblo.

En esa forma es como se logra la verdadera victoria, la definitiva, y que no está a la puerta de la esquina, que no es la de mañana ni la de pasado, es la victoria de años y larga lucha que tendrá que afrontar el pueblo.

Eso es lo que hay que precisar exactamente; eso es lo que tiene que entrar en la conciencia de todo el mundo: fortalecer definitivamente la conciencia y el espíritu de los fuertes y debilitar totalmente las rodillas flojas de los débiles, para que abandonen ahora la pelea, porque cada vez será más dura. Será dura en todo sentido; no han acabado las invasiones, no han acabado las incursiones de aviones piratas sobre nuestro territorio, no ha acabado el bloqueo, sino que, al contrario, empieza ahora; las privaciones del pueblo tendrán que venir de aquí en adelante, y la forma mejor de prevenirlas es el trabajo de cada uno de nosotros.

(…)

Nosotros hemos convertido a esta antigua colonia de los Estados Unidos en un inmenso enjambre donde todo el mundo trata de trabajar y producir más, y lo hemos hecho para mejorar nuestro estándar de vida para poder cada día llevar algo más a nuestros hijos, pero también porque sentimos cada uno de nosotros que aquí en Cuba se está dando la batalla más importante, de más trascendencia aún que la simple batalla del pueblo cubano contra el imperialismo norteamericano, aquí se está dando la batalla de los pueblos de América y la batalla de los pueblos oprimidos del mundo por su derecho a vivir, por su derecho a desarrollarse, por su derecho a darse la forma de Gobierno que mejor le plazca a cada pueblo. (Aplausos.) Cada vez que nosotros logramos un triunfo, ese triunfo repercute en América; cada vez en América saben más que quien ataca a Cuba está atacando también las mismas luchas por la libertad de ese pueblo, y que quien defiende a Cuba está defendiendo a todos los pueblos de América.

Cuando Eisenhower dio su recorrido hace unos meses, preparando las condiciones para la Declaración de San José, los pueblos de todos los países que visitó salieron a la calle a tirar cuanto cosa tenían contra el gobernante norteamericano. (Aplausos.) En el Uruguay, por ejemplo, la soberbia imperial del Presidente norteamericano se vio aguada por una bomba de gases lacrimógenos que le tiraron a los estudiantes, pero que también recibió él, porque la lucha del pueblo es violenta, y en todos lados se manifiesta, espontánea y organizada, defendiendo a Cuba.

Y esa defensa, o ese cariño y esa solidaridad que hemos recogido en toda América, en los pueblos de Africa y de Asia, y en todo el bloque socialista, es algo que nos obliga a nosotros a ser más responsables y a comprender la trascendencia de nuestra Revolución, y a tener más firme –¡más firme que nunca!– la convicción de que solamente puede acabarse el Gobierno Revolucionario, el Gobierno de los obreros y campesinos, cuando el último obrero y campesino de esta tierra haya sido muerto en la última trinchera que levantemos. (Aplausos.)

El enemigo lo sabe, el enemigo sabe el espíritu que hay aquí, sabe que si él viene directamente a atacarnos miles y miles y millones de hombres y mujeres y niños lo esperarán en cada casa, en cada bocacalle, en cada campo, en cada trinchera improvisada, y que sería una hecatombe entrar aquí. Y sabe, además, que hay grandes amigos, con armas poderosas, que nos defienden. (Aplausos.)

Pero el enemigo tiene experiencia, tiene una larga experiencia, porque la misma divisa que hoy lleva como centro de sus actos y vida entera, es la misma que el Imperio Romano había levantado, y la memoria de los imperios va de generación en generación transmitiéndose.

Por eso ellos saben que cuando los pueblos no pueden ser destruidos en una lucha frontal, hay otros medios que se pueden intentar: que se puede intentar la división; que se puede empezar a sembrar el descontento; y que se puede empezar a sembrar el miedo. ¿Cómo lo siembran?

La división ustedes la conocen bien, porque ya ha sido superada: la división entre el negro y el blanco, entre el comunista y el anticomunista; entre el católico, el protestante y el ateo; o la división entre la ciudad y el campo; entre el trabajador manual, que suda su camisa, y el trabajador intelectual.

Todos esos tipos de divisiones nosotros los hemos conocido, los hemos sufrido durante mucho tiempo, y en su gran mayoría está superados. Pero hay nuevas formas.(…)